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Archive for 29 octubre 2011

por Carlos Fernández Vallhonrat. Profesor del Máster en Creación y Comunicación de Proyectos Culturales.

Hace más de 12 años, el dos de Julio de 1.999, Herbert Muschamp escribía en el New York Times la crítica de una pequeña muestra que se celebraba en el Centro de Arte Contemporáneo de Long Island City, Queens, Nueva York: La exposición “Philippe Starck: muebles y objetos”

El arquitecto Philip Johnson había diseñado una instalación para presentar 26 objetos seleccionados para el evento por el comisario independiente David Whitney. El objetivo último del esfuerzo de Whitney y Johnson sobre el trabajo de Starck era presentar no sólo la obra de un artista singular sino la evolución profunda del diseño industrial, desde los conceptos de Mies Van der Rohe o Marcel Breuer, podría decirse que creados desde el hemisferio derecho del cerebro, el que desarrolla lo racional, hacia este nuevo diseño elaborado que surge del hemisferio izquierdo, esta gobernado por los sentimientos, por las intuiciones.

Cultura del consumo y la imagen

Herbert Muschamp reflexionaba sobre el sentido profundo de lo que está ocurriendo con gran lucidez:

En los últimos 50 años, la base de la economía ha girado de la producción al consumo; ha gravitado del ámbito de la racionalidad a la esfera del deseo; de lo objetivo a lo subjetivo, al reino de la psicología”.

La condición de la persona y el concepto inherente de sociedad se explica a veces con adjetivos que determinan su status y condicionan su presente y sobre todo su futuro. La evolución del diseño industrial, sus manifestaciones artísticas y culturales, y la influencia real de todo ello en los hábitos de vida de la sociedad de consumo eran reflejo de ello.

Vivimos en una sociedad donde la comunicación comienza a ser asfixiante. Es una sociedad global que ha creado y perfeccionado un sistema global multinivel de intercambios, que supone para sus componentes, para los integrantes de ese sistema, para todos nosotros, en suma, la inevitabilidad de recibir, analizar y optar, en otras palabras, la necesidad de decidir.

Una de las decisiones a tomar se refiere a nuestra adscripción a determinados grupos, o tribus urbanas y la forma en que esa adscripción se produce, en la medida en que implica la aceptación más o menos voluntaria de determinados hábitos y la asunción de determinadas actitudes ante la vida.

Nuestro legado cultural

Dependiendo de nuestra personalidad y de la intensidad y eficacia de los mensajes que recibimos nuestra trayectoria vital es un progresivo viaje entre la certeza y la duda, un viaje donde muchas veces despertamos en tierra de nadie.

La cultura es la forma en que nuestra personalidad, tanto en lo individual como en lo colectivo, se va formando y va definiendo tanto nuestro ser actual como el legado que vamos a dejar al terminar el viaje. Cierto que, al formular semejante propuesta, estoy asumiendo el término cultura en sentido amplio, en línea, por ejemplo, con la definición que Gustavo Bueno aporta al término “cultura compleja instrumental”.

En palabras del gran filósofo asturiano en “El mito de la cultura” (1) hablaríamos de una cultura subjetual, constituida por la participación en los contenidos de la cultura social y objetiva a título de instrumentos preparatorios de los individuos en el proceso de adaptación y control de su entorno cultural.

Esa cultura intrumental compleja incluye , como mas tarde comenta Bueno, el gobierno de artefactos tales como el automovil, las cámaras fotográficas, el video, el ordenador, el conocimiento y práctica de otras lenguas y el conocimiento y “control” como instrumentos sociales del estado del teatro, la literatura y la pintura (2).

Así, añadimos nosotros, durante nuestra vida disponemos de una estructura semio-narrativa, que se compone de las virtualidades de que disponemos: el stock de valores y programas de acción de donde entresacamos elementos para contar nuestra historia y mantener nuestro discurso.

Y tenemos una estructura discursiva que resulta de la selección y disposición ordenada/dramatizada de esas virtualidades, que incluyen la elección de un universo de referencia, la instalación de un “decorado” y la distribución de los roles “propios” y de los demás, según el enunciador dispone y prefiere.

Desde esa perspectiva, cuando proponemos en el  I Máster de Proyectos Culturales – Creación y Comunicación de Proyectos Culturales (www.masterproyectosculturales.com), que este curso comenzamos a impartir auspiciados por un grupo de Cámaras de Comercio encabezadas por la Cámara de Comercio de Toledo, una formación que permita a nuestros alumnos idear, formular y comunicar proyectos culturales, estamos en realidad pretendiendo que cada alumno sepa identificar su proyecto vital y sea capaz, a partir de esa conciencia de su identidad, de conseguir la mayor sintonía de entre su personalidad, su vivencia y su aporte intelectual al resto de la sociedad.

Rueda de prensa de presentación del Máster en Proyectos Culturales

Partiendo de estos presupuestos, nuestra percepción de la realidad y más concretamente nuestra posición como protagonistas de esa realidad a través de nuestros proyectos se manifiesta desde dos perspectivas fundamentales: la práctica, que se centra en los valores de uso, y la mítica, que se refiere a los valores de base. En un automóvil, atribuimos valores de uso a la habitabilidad, la manejabilidad, la fiabilidad.., pero cuando el coche pasa a representar la propia identidad del conductor o conductora: el status social, la virilidad o feminidad, la belleza, la vida, le estamos atribuyendo valores de base.

En un proyecto los valores de uso se refieren a su factibilidad y a su utilidad para mejorar la vida y las perspectivas de nuestros semejantes; los valores de base son los que pueden reflejar nuestra identidad, nuestra misión y la peripecia vital que deseamos comunicar.

Notas:

(1)   Bueno, Gustavo. El Mito de la Cultura. Prensa Ibérica. Barcelona, 1.996

(2)   Ibíd.

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