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La Citera de Watteau y Polífilo

por Azahara Ávila Gómez. Historiadora del Arte y Gestora Cultural

Ambos autores parten de un punto común. El Amor. Amor a la Naturaleza. Amor a la Vida. Amor a las texturas, a los colores. Amor sensual, intelectual, divino. Veremos si es una elección personal, o elección de una época. Si ambos son pre-románticos o los románticos son post-Polífilos y post-Rococos. Científicamente ambas obras engloban numerosas cuestiones; son oscuras y ambiguas, llenas de signos y pistas, producidas en entornos extremadamente cultos y refinados, llenas de conocimientos y reflexiones sobre la psique humana. Ambas parten de unos personajes concretos pero pretenden un mensaje universal.

Portada de El sueño de Polífilo

La Hypnerotomachia Poliphili aparece por primera vez en Venecia en 1499. Desde entonces ha circulado ampliamente por cortes y grupos humanistas, llegando a nuestro tiempo. Esto no ha evitado sin embargo que El sueño de Polífilo siga siendo una incógnita. No sabemos nada de su autor, apenas que se llama Francesco Colonna. Así mismo nada se ha sacado en claro de su significado último, que ha sido entendido desde un punto de vista esotérico, hasta otro pornográfico, pasando por múltiples variantes. Gran parte de su dificultad viene de la complejidad del lenguaje, tan oscuro y polisémico como todos los aspectos de este libro. Al comienzo del mismo se nos cuenta el porqué de esta ambigüedad: “Pues pensó aquel hombre sapientísimo que hablar así era un camino y razón para que ningún ignorante pudiera alegar negligencia, y se cuidó de que, aunque no pudiera penetrar en el santuario de su doctrina quien no fuera doctísimo, no desesperara del todo el que no lo fuese” (1). Muchas veces ha sido tomado como un repertorio de arquitectura, casi tantas como una simple novela de amor.

Watteau realiza la que será su obra maestra, Peregrinaje de la Isla de Citera de 1712 a 1717. Compuesta en su madurez como artista, inaugura una etapa donde el pintor abandona la representación más o menos literal de la vida cotidiana, para empaparse de una mayor complejidad y sentido alegórico en sus obras. El Peregrinaje fue además la obra que presentó  para la admisión definitiva en la Academia; este pintar para pintores le permitía un ejercicio de mayor intelectualidad y complejidad pictórica (2).

Los Académicos, lamentablemente, pronto cambiaron el nombre. Si Watteau la presentó como Peregrinaje de la Isla de Citera, los académicos pasaron a bautizarla como Una fiesta galante. Pero Citera no es solo una fiesta galante, como el Polífilo no es solo una novela de amor. Ambas son sueños de los artistas. Están llenos de signos, están perfectamente pensadas en todos sus detalles y realizadas lentamente buscando un objetivo. Simplemente el mensaje se nos ha escapado durante siglos.

Las dos obras están configuradas a partir de fragmentos, de aquí y de allá, como bodegones. Y como en estos aparecen numerosos huecos, vacíos y pausas, que se alzan como elementos parlantes (3). La obra en ninguno de los dos casos es una totalidad perfecta, o sí lo es, en el momento en que demos a todo el conjunto la misma importancia; al lleno y al vacío; a la palabra y al silencio.

Analizando el cuadro de Watteau vemos como el personaje ha tomado la barca con su amada para unirse en la isla de Citera, isla consagrada a Venus y sus placeres, donde Polífilo también irá, tras pasar duras pruebas con su amada Polia. [Polífilo mío, quiero que sepas que aquí no puede entrar ningún mortal sin su antorcha encendida por su ardiente amor y con sumo trabajo (4)].

Peregrinación a la isla de Citera,                Jean-Antoine Watteau

La isla está presidida por una estatua de la diosa, en cuya base reposan las armas de Marte. Pero no solo el dios Marte sucumbe ante Venus, sino que nuestros peregrinos, cuando eligieron el camino de Venus, renunciaron también a las armas.

Tras la diosa, entre la espesa vegetación, se distingue un falo erecto, que parece formar parte de otra estatua similar a la primera. Tratándose probablemente de Baco, cuyo altar también aparece en el Polífilo, se fusiona con la estatua de Venus del primer plano, consiguiendo unir esas dos vertientes del amor, la más desenfrenada y la más armoniosa, a la vez que nos remite a la unión perfecta del hombre y la mujer, o de lo masculino y femenino. (5)

Partiendo de estos altares divinos, la mirada se dirige, siguiendo a los personajes, hasta la embarcación. Los amantes se levantan poco a poco, y marchan hacia el momento del adiós. Ricamente ataviados, los jóvenes están dispuestos en parejas aisladas, absortas en su propio enamoramiento (6). Algunas se giran y establecen contacto visual con otra pareja, pero puede ser la vista atrás para recrear melancólicamente la imagen del momento anterior que aún conserva en su retina (7).

Como en un pestañeo la pareja llega a los pies de la barca, que recuerda a una góndola veneciana. Esta barca les llevará de vuelta a un lugar indeterminado. Este punto es uno de los más ambiguos del cuadro, porque sobre el lecho se superponen las ramas de un árbol muerto, en claro contraste con la exuberante vegetación del lado contrario. ¿Vida o muerte? Lo que sí está claro, como evidencia el tono de melancolía del cuadro, es que este día, este amor, esta vida, se acaban. La historia de amor lleva inevitablemente al adiós con el que termina el Polífilo. La historia de Polífilo termina porque despierta del sueño; aquí también se trata de un sueño, de un ideal, del que el ser humano despierta. ¿Qué es sino un sueño viajar a la isla del amor y conocer la voluptuosidad? Así los amantes se despiden de la isla en la orilla, echando en la propia barca el telón rojo hasta la próxima vez. O tal vez este amor termina por la muerte y podrían utilizar la embarcación como ataúd.

 Así pues tendríamos un encuentro amoroso que llevaría inevitablemente al final, sino la muerte. Si sólo fuera así, tendríamos una obra desgarradora y sin salida, al estilo de obras románticas del XIX. Pero los personajes de Watteau, como Polífilo, no están tristes. Puede que Polífilo haya terminado sin Polia, pero el viaje ha merecido la pena.

               [“Por qué titubeas, Polífilo? Que uno muera de amor es cosa laudable, pero ¿no sería una triste desgracia que tu dolor, tus graves ardores y tu noble amor por esta ninfa fueran arrojados en una fosa y solo manifestados después de tu muerte y el susurro de las cañas que crecerán sobre tu tumba? (8) ].

 Tanto Polífilo, como los personajes de Watteau, son peregrinos que hacen un viaje iniciático. Ambos han de elegir entre un número determinado de puertas;

– una primera puerta que corresponde a la vida contemplativa, la del ermitaño. [“su morada estaba situada en un lugar solitario, en una gruta oscura y podrida, de piedra desnuda y deleznable (9)”]. Es el camino de la Gloria de Dios.

 –  Una segunda que es la de la vida activa, la del militar, y en el Rococó también la del libertino. Es el camino de la Gloria del Mundo.

– La última puerta es la de la vida voluptuosa, la del Amor y la del Arte. Puerta de la Madre del Amor.

Hypnerotomachia Poliphili

Los personajes de Watteau han elegido la última puerta, como Polífilo. Como éste, buscan ese placer embriagador de los sentidos, que lo puede producir una mujer, una flor, un color o una obra de arquitectura (10). Ambos eligen amar el arte, la belleza (11). La conciencia de la fatalidad de la vida no impide disfrutar del camino. Que el Amor se termine no le quita ni valor ni intensidad. Polífilo ha estado extasiado de voluptuosidad (12), ha vivido el camino, por eso el final del libro no es triste; es, simplemente, inevitable.

 [“me abrasaba pensando que debía morir sin haber recogido los frutos de mi inmenso amor (13)”]. El hombre no puede elegir ciertas cosas, pero como nos muestra Polífilo, sí puede elegir el camino. Los personajes de Watteau han disfrutado de Citera, aún nosotros la disfrutamos a través de una obra que electriza el Louvre. Los personajes han vivido de forma real, aunque sea en un sueño. Ambos eligen hacer el camino de la voluptuosidad, disfrutar del arte y de la belleza que verdaderamente conmocionan (14). Ninguno de los dos nos dice que hay más allá de este sueño, pero la sensación general es que tampoco importa. [“hicieron que me encontrara en la inopinada experiencia de morir de alegría (15)”]. En Watteau el destino de la barca apenas es un decorado impreciso, tal vez un infierno helado donde, como en el Polífilo, son condenados aquellos que han muerto por la frialdad de su corazón.

Watteau sin duda compartía el espíritu de Polífilo, como tantos artistas antes y después de él. Será precisamente los románticos hermanos Gouncourt los que les ponga en relación de forma directa, diciendo que la obra de Watteau representa el paraíso que los Polífilos construyen en las nubes del sueño (16). Y probablemente Watteau conociera directamente la Hypnerotomachia Poliphili.

Para terminar, por el momento, con la relación entre Polífilo y Citera, me

gustaría volver al inicio: aunque ambas obras reflejan un mundo

real, ni la Hypnerotomachia es una novelita ni un

  tratado de arquitectura, ni la obra de Watteau

       una fiesta galante. Es un mundo real,

pero poetizado. Un sueño.

      ¿Y qué son los poetas,

           sino grandes

              soñadores?

             *      *       *

Bibliografía

BUENDÍA, J.R.” “El sueño de la mentira y de la inconstancia” y sus raíces wattonianas”. en Goya, nº100, 1971.

COLONNA, F. Sueño de Polífilo. Edición de Pilar Pedraza. Ed. El Acantilado, Barcelona, 1999.

EIDELBERG, M. “Watteau Painting in England in the Early 18th Century”. En Burlington Magazine. Sep. 1975.

GRASELLI, M. M. y MOREAU, F.J. Antoine Watteau (1684-1721): le peinture, sos temps at sa légende. París, Champion- Slatkine, 1987.

KRETZULESCO-QUARANTA, E. Los jardines del sueño. Polífilo y la mística del Renacimiento. Siruela, Madrid, 1996.

LEVEY, M. “The Real Theme of Watteau´s Embarkation for Cythera”. En The Burlington Magazine, CIII, 698, 1961.

PLAX, J.A. Watteau and the Cultural Politics of Eighteen-Century France. Cambridge University Press, Cambridge, 2000.

V.V.A.A. Watteau et la fête galante. Réunion des musées nationaux, París, 2004.

WATSON, F.J.B. “New Light on Watteau´s “Les Plaisirs du Bal”, en Burlington Magazine” July, 604, Vol. XCV, 1953.


(1) Francesco Colonna, El sueño de Polífilo. Edic. de Pilar Pedraza. Ed. El Acantilado, Barcelona, 1999. Pág. 66.

(2) El tema fue totalmente elegido por Watteau, ya que sorprendentemente dejaron el tema de ingreso “a su voluntad”.

(3) Las pausas en el textos del Polífilo, con signos de puntuación muy originales, han sido muy valorados.

(4) Colonna. Op. Cit. Página 323

(5) Sobre este punto varios aspectos. Por un lado, este tipo de viajes iniciáticos donde el protagonista es llevado por una mujer, suelen ser laberintos de donde solo sale aquel que valora su lado femenino. Por otro lado el interés por lo hermafrodita aparece en el Polífilo en varias ocasiones.

(6) En Amorosa Visione (1342) de Bocaccio, Citera aparece con un diseño circular, aludiendo a la energía circular de los propios amantes, además de configurar la figura geométrica más perfecta.

(7) Parece factible que Watteau componga su obra en forma de secuencia, como el autor del Polífilo en algunas xilografías, y todas las parejas correspondan a la misma. Solamente Poussin había organizado una pintura como una secuencia cinematográfica antes de Watteau.

(8) Colonna. Op.cit. Pag. 336

(9) Colonna. Op.cit. Pág. 260

(10) Este significado está reforzado por el significado de los nombres de la obra de Colonna; Polífilo significa el amante de muchas cosas, Polia muchas cosas.

(11) “Mis sentimientos estaban tan cautivados y estupefactos en el placer de esta intensa y obstinada contemplación, que a mi rapaz memoria no acudían sino pensamientos placenteros y alegres. Colonna, Op.Cit.Pág. 105

(12) Dice Polífilo; increíblemente maravillado, alababa sumamente en mi ánimo la bondad divina que había permitido que un hombre terrestre contemplara claramente las obras divina y el tesoro de la fecunda naturaleza. Colonna, Op.Cit. Pág. 573

(13) Colonna. Op.Cit.Pág.154

(14) Los epicúreos, que se reunían también en un jardín para dar a conocer sus enseñanzas, defendían que la meta de la vida era vivir felizmente y conseguir el máximo placer. Como Polífilo y Watteau no hablaban de un placer descontrolado, sino siempre un placer armónico y responsable.

(15) Colonna. Op.Cit.Pág.377

(16) Graselli, M.M. y Moreau, F.J Antoine Watteau; le peinture, sos temps et sa légende. París, Champion-Slatkine, 1987. Pág. 301

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Por Stella Maldonado. Educadora en arte.

Todo el mundo quiere entender qué es arte.

¿Por qué no prueban a entender el canto de un pájaro…?”

Picasso

Tres personalidades inquietas, con afán de saber, de conocer, de expresarse, deciden visitar la exposición “Polonia. Tesoros y colecciones artísticas” anunciada a bombo y platillo; dentro de la colección expuesta, muchas obras pero destaca una: La dama del armiño de Leonardo da Vinci. Deambulamos por las salas, con mezcla de sensaciones: expectantes ante la contemplación del gran tesoro de la exposición, cansadas por los calores estivales, hastiadas por unas obras a las que no les terminamos de encontrar el punto. Para darle más énfasis, los organizadores deciden colocar la joya de la colección exactamente al final de la exposición, como si de un rito iniciático se tratase seguimos nuestro camino de baldosas amarillas. Poco antes de llegar, nos topamos con un Rembrandt que no tiene desperdicio, entre tanta obra de segunda categoría.

 Al hilo de una exposición, los temas de conversación pueden ser muy variados, y no todos tienen por qué ver con la exposición. Y eso es lo bueno del arte, que da pie para muchas cosas, divinas y humanas, reales e irreales. El arte es un mecanismo que activa nuestra memoria, el recuerdo de lo vivido. Iniciamos un diálogo en torno él y su percepción. Se empieza a notar la deformación profesional: historiadoras del arte de formación, educadoras artísticas de profesión. No solo atendemos a las piezas sino también a la museografía, al cómo mostrarlas al público, cómo mediar con ellas para hacerlas comprensibles. Surgen las primeras preguntas de unas a otras ¿cómo enseñarías un cáliz eucarístico a un grupo de niños? ¿Y un cuadro que ensalza la viudedad femenina bajo un lema parecido al “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”?

La contemplación del arte, en una exposición, museo o galería, suscita preguntas que, de una u otra forma están encubiertas ¿Qué es el arte? ¿Lo que dicen los críticos y entendidos en la materia? ¿Una firma? ¿La naturaleza? ¿Qué sensación me produce la contemplación de una obra de arte? ¿Ha cambiado el arte tanto desde la época de las cavernas hasta nuestros días? ¿Acaso los artistas actuales manejan conceptos distintos, temas diferentes a los que se manejaban en tiempos pretéritos? ¿Cambian las intenciones o sólo los materiales y soportes? ¿Velázquez o Goya? ¿El genio nace o se hace? Todos somos creadores aunque no nos lo creamos. Y no sólo crea el pintor con sus pinceles, el escultor con sus manos, el fotógrafo con su cámara. También crea el espectador con su pensamiento artístico.

Vivimos bombardeados por imágenes, nuestra cultura es una cultura visual, pero no sólo la contemporánea; en todas las épocas se han creado imágenes con distintos sentidos, significados y usos. Los hombres de las cavernas dotaban sus pinturas de un simbolismo mágico, para propiciar la caza; los egipcios escribían en sus muros, con su lenguaje jeroglífico, auténticos panegíricos para ensalzar a sus dioses y faraones; los romanos retrataban a sus personalidades o dedicaban frisos completos a dioses (la Villa de los Misterios) con matices sensuales; en la Edad Media, las capillas, iglesias y catedrales se llenaban de pinturas aleccionadoras hacia el culto cristiano; en la Edad Moderna, aparecen los primeros grandes artistas (Giotto, Fra Angélico, Durero, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Rubens, Velázquez, Caravaggio, Goya, etc.) que empiezan a dar otros contenidos más humanos a sus creaciones. Detrás de todas ellas, las antiguas y las modernas, se esconde un objetivo: representar, de una u otra forma, a la sociedad del momento, sus gustos, sus creencias, sus modas y costumbres. Queda claro que la cultura visual no sólo se restringe al nacimiento del Arte Pop y el surgimiento de las nuevas tecnologías, la publicidad, la imagen y el diseño aplicados al arte; digamos que éstos lo que han hecho es poner la puntilla.

El arte se debe ver por múltiples caras, no detenerse delante y ya está, pasar a la siguiente visión. Un gesto, una veta, un color, un movimiento, nos aportarán sensaciones distintas que ayudarán a tener una visión más completa de una obra. Conocer el mundo del artista para comprender mejor su producción, aunque esto, en definitiva, no es del todo necesario, ya que cada uno puede crear su propia interpretación. Ya lo decía Umberto Eco en Obra abierta (1979): la obra del artista no está cerrada hasta que no es contemplada por el espectador, asimilada y reinterpretada.

¿Qué hace que una obra despierte tanto interés como para denominarla “obra maestra”? El término “obra maestra” se suele aplicar a las obras creadas con anterioridad al momento actual; no conozco ninguna obra de arte contemporánea, actual, que le hayan tildado de maestra; bueno, posiblemente, el Guernica de Picasso, pero poco más. Tal vez esto suceda porque todavía no alcanzamos a valorar el arte actual como algo propio de nuestra época, porque no le encontramos sentido a la expresión utilizada por muchos artistas y creadores y también porque vivimos en una continua reactualización, redefinición de las obras de arte que forman parte de nuestra historia, manteniendo vivo su espíritu y aupándolas en un pedestal.

 El arte puede ser muchas cosas. Es una herramienta para crear sensaciones ¿nos puede producir repulsión, asco, rechazo? De lo sublime a lo grotesco: el cuerpo como lienzo, la basura como material artístico; vivimos bombardeados por imágenes diarias sobre catástrofes, violencia y, es curioso, nos revuelve mucho más la imagen de una artista operándose para convertirse en otro, o la visualización de las pinceladas de locura de un artista en sus últimos años de vida creativa.

A la palabra “arte” se le asocian, sobre todo, en los últimos tiempos otras palabras que, muchas veces, llevan aparejados debates muy controvertidos: provocación, marketing, mercado, participación artística, curiosidad, conservación o restauración, sensibilización hacia el patrimonio, apropicionismo de las obras… El arte actual se nos presenta como un desafío ¿incomprensión? ¿falta de interés? ¿trascendencia? ¿significados? ¿ironía? Pero ¿no es también un desafío el buscar significados ocultos en la Última Cena de da Vinci o en las pinturas de Altamira? Debemos enfrentarnos a las obras, la de hoy y las de ayer, y las de mañana, con amplitud de miras, con los sentidos, los cinco, puestos en su contemplación, para dar rienda suelta a nuestra imaginación, a nuestro juicio crítico para construir pensamiento divergente.

Una reflexión para finalizar: “El significado de las obras no es único y no reside en la obra, sino que está en un continuo proceso de definición. Como afirman las teorías cognitivas más recientes, sólo es posible aprender desde lo que sabemos y, por tanto, si entendemos el arte como experiencia en la que se revela un conocimiento nuevo para las cosas, sus producciones adquieren sentido sólo a partir del vínculo que establecemos con ellas” (Teresa Saravia, La mirada cómplice, 2007).

Contemplamos la Dama del Armiño del maestro Leonardo. Me recordó a la imposibilidad de visualizar la Gioconda en el Louvre, solo faltaban los turistas con sus cámaras y flashes. Y salimos de la exposición con una sensación agridulce. La mañana fue intensa, creando conversaciones cruzadas, numerosas opiniones salieron a flote, todas válidas, porque en esto del arte, no valen censuras, ni tabúes.

Bibliografía

Eco, Umberto. (1990). Obra abierta. Barcelona: Ariel. (1ª edición 1979).

Saravia, Teresa. (2007). La mirada cómplice. En Fernández, Olga y Río, Víctor del (eds.). Estrategias críticas para una práctica educativa en el arte contemporáneo. Valladolid: Museo Patio Herreriano. Págs. 43-59.

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